miércoles, 2 de julio de 2008

LA PUBLICIDAD NOS INVADE

La primera vez que entré en una estación de metro y vi que habían instalado pantallas de televisión me sentí muy indignado. No sé si antes o después fue el día en que entré en una estación de metro y todo el espacio (las escaleras que pisaba, las paredes que tenía a mis lados, el techo que me sobrevolaba) se habían convertido en un anuncio de publicidad. La publicidad, no ya como algo que reside en una superficie plana, sino como un espacio que nos envuelve, dentro del cual se desarrolla nuestra vida. La publicidad, especialmente en las ciudades, nos invade cada vez más, ocupa continuamente nuevos espacios (hay periódicos cuya portada consiste en un espacio publicitario a toda página, y que sólo en su segunda página comienzan a ser información). Si algún creativo descubre un espacio aún no ocupado por la publicidad seguro que recibe unas palmadas en la espalda y quizás un aumento de sueldo. Tendría que ser tratado como un ladrón que descubre una nueva manera de robarnos las superficies variadas (ladrillo, asfalto, aluminio, vidrio, etc.) de la ciudad, que nos miran simplemente en silencio y, feas o hermosas, al menos nos dejan en paz. La publicidad siempre dice lo mismo COMPRA! COMPRA! COMPRA! Y también NECESITAS! NECESITAS! NECESITAS! La naturaleza nos regala su belleza, sus colores, sus variaciones, las sensaciones que nos produce (el frescor, el recogimiento, la veneración, la amplitud...). Un paseo por el campo al atardecer puede por sí solo cambiar nuestro humor, serenarnos, hacer que nos sintamos mejor. Si nos paseamos por el bosque de la publicidad acabaremos sintiendo que no tenemos todo lo que tendríamos que tener (que nunca llegaremos a tenerlo), que para llegar a la realización, a la felicidad, a la plenitud, o para que nos quieran simplemente, necesitamos más y más dinero, dinero, dinero!. La publicidad nos vacía, mientras que la naturaleza nos llena. La publicidad nos grita exigencias encubiertas, mientras que la naturaleza nos entrega gratuitamente sus múltiples regalos. Cuando pasees por la ciudad presta atención a los árboles, al viento que agita sus hojas, a las pequeñas plantas que crecen aquí y allí, al cielo azul, a las nubes que cambian de forma, presta atención al aire resbalando en tus mejillas, a la hierba verde. Por el contrario, deja que tu mirada resbale velozmente sobre cualquier superficie recubierta por la piel tentadora de la publicidad. Los colores y las formas que la habitan te susurran con una voz cantarina para atraer tu atención, para que les des ojos y oídos y así poder entrar en tí y poblar tus sueños, y sustituir tus verdaderos deseos por otros, que pueden satisfacerse de una manera simple, con dinero. Solo que tus verdaderos deseos quedan así mudos, incapaces de hacerse oir. Tu atención permanentemente distraída, tú permanentemente insatisfecho. Y eso es el triunfo de la publicidad.

2 comentarios:

Daz i Shiete dijo...

Hola, felicidades por tu blog, lo seguiré...

Anónimo dijo...

Me gusta cómo escribes, Alfonso. Escribe más, más, más...
Lo que veo: la publicidad masiva forma parte de este progreso caótico al que nos hemos ido adaptando unos cuantos. Por suerte todavía tenemos los pueblos, las montañas... ahí la publicidad, igual que todo lo demás, descansa.
un beso grande.